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domingo, 17 de octubre de 2010

Bertrand Russell, el caballero de la lógica


En referencia a lo que ocurre en otros países, en Viaje al centro de la fábula el escritor guatemalteco Augusto Monterroso escribió: “En Inglaterra y en Estados Unidos las ideas de Bertrand Russell podían ser perseguidas, pero no sus testículos.” Tal afirmación debe ser matizada, ya que por sus consejos a los jóvenes sobre cómo evitar ir al frente y su activismo antibélico durante la primera guerra mundial a Russell se le retiró el pasaporte, fue embargado, despedido del Trinity College –quizá lo que más le dolió– y enviado a prisión. “Mucha gente prefiere morir antes que pensar; de hecho, lo hace”, llegó a decir. Tampoco sería la última vez que visitaría la cárcel.

A lo largo de sus noventa y siete años de vida, Russel –que de pequeño estuvo sentado en el regazo de la reina Victoria y llegó a ver a los astronautas del Apolo XI en la Luna–, fue ante todo un hombre apasionado. Catalogado de héroe casi con la misma frecuencia que de inmoral o tonto, cierto grado de inocencia lo hacía, a veces, ponerse en la línea de fuego de individuos de talentos infinitamente menores que el de él. Pero ni sus detractores podrían negar la lealtad que hacia sus convicciones mostró a lo largo de su existencia.

Excepcional en más de un sentido, Russell fue, desde 1897 hasta 1913, un notable matemático y lógico conocido por su refinamiento al cálculo de predicados introducido por Gottlob Frege (base de la lógica contemporánea). Como filósofo, su obra canónica se centra en el período 1905-1921 y se le considera, junto con G. E. Moore, fundador de la filosofía analítica; pero su fama –y sus premios, incluido el Nobel– los obtuvo por sus escritos sobre diversos temas (el matrimonio, la libertad sexual, los derechos de las mujeres, la religión), abordados desde un punto de vista fuertemente humanista, inteligentes y llenos de humor, a veces con disquisiciones de gran desparpajo. Hablando de la gula llegó a decir: “Es un cierto pecado vago, pues es difícil decir dónde el interés legítimo por el alimento cesa y se empieza a incurrir en culpa. ¿Es malo comer algo nutritivo? En ese caso, caeríamos en el riesgo de condenarnos cada vez que comemos una almendra salada.”

En cierta ocasión, interrogado acerca de por qué nunca había escrito nada sobre estética, contestó que no sabía nada del tema, para enseguida agregar: “Pero no es una buena excusa, porque mis amigos dicen que eso no me ha disuadido de escribir sobre otros temas.” Dispuesto siempre a pensar, nunca a repetir lo que decían otros, agradecía profundamente cuando alguien le hacía ver sus errores. Para él como filósofo de mentalidad científica, la obstinación no era una virtud: “Yo no quiero que las personas crean dogmáticamente en ninguna filosofía, ni siquiera en la mía.”


Bertrand Russell en la Universidad de Los Ángeles, California, 1939

Russell contrajo matrimonio cuatro veces y tuvo tres hijos. Su primer amor fue la hermosa Alys Pearsall Smith (se casaron en 1894), mujer de profundas convicciones e intrépida activista a favor de varias causas. Tras una larga etapa de separación en la cual tuvo varias amantes, entre ellas Lady Ottoline Morell y Constance Malleson (nombre real de la actriz Colette O’Neil), se casó en 1921 con Dora Black. Se separaron en 1932. Cuatro años después se casó con Patricia Spence. Tras esa compleja vida emocional, ya octogenario, pudo encontrar con Edith Finch la armonía conyugal que buscó durante toda su vida.

Tras la muerte de su hermano en 1931, Bertrand se convirtió en conde, título que según confesó le “resultó muy útil para hacer reservas de hotel”. Entre sus amigos se destacaron H. G. Wells, Joseph Conrad, E. M. Forster, T. S. Eliot y George Bernard Shaw. Con D. H. Lawrence la relación fue intensa pero efímera. Al principio Russell lo encontró fascinante pero después decidió apartarse de sus ideas antidemocráticas. Durante la primera guerra, las cartas de Lawrence fueron haciéndose cada vez más hostiles: “¿De qué sirve vivir como vive usted? No considero buenas a sus clases. ¿Lo son? ¿Es bueno quedarse en la maldita nave arengando a los peregrinos? ¿Por qué no se tira por la borda? Uno debe ser un proscrito hoy día, no un profesor o un predicador.” Russell opinaba que Lawrence no deseaba un mundo mejor; sólo estaba interesado en monologar sobre lo malo que era éste.

CRECIENDO CON LA GEOMETRÍA

Matemático, filósofo y crítico social, casi podría decirse que en ese orden a lo largo de su vida, Bertrand Arthur William Russell nació el 18 de mayo de 1872 en Trelleck, Gales, Reino Unido. De familia aristocrática, quedó huérfano a temprana edad; su madre y su hermana murieron de difteria, y su padre, al no poder soportar esa tristeza. Bertrand y su hermano mayor Frank fueron llevados a vivir a Pembroke Lodge, la residencia donde, por favor real, vivían sus abuelos. Lord John Russell había sido primer ministro y murió poco después, quedando la crianza de los niños a cargo de Lady Russell. Aunque conservadora en lo religioso, la condesa tenía una mente abierta en cuestiones tales como el darwinismo o los derechos de los irlandeses.

Educado en casa por tutores, Bertrand tuvo una infancia solitaria. Los jardines y la biblioteca eran sus lugares predilectos; allí leyó las obras de su padrino John Stuart Mill y descubrió a su adorado poeta romántico Percy B. Shelley. Fue Frank quien los indujo a la geometría. Aprender sin esfuerzo lo que su hermano le enseñaba, le dio confianza y terminó determinando su futuro: “A partir de este momento hasta que con Whitehead terminé Principia Mathematica, ya con 38 años, las matemáticas fueron mi principal interés y mi principal fuente de felicidad.”

Russell ingresó en 1890 al Trinity Collage de Cambridge. Su examinador fue Alfred North Whitehead, quien más tarde sería su colaborador. Disgustado con la forma como la matemática se enseñaba en Cambridge, el joven Russell terminó encontrando un mejor estímulo intelectual en la lectura de Platón, Spinoza y Hume. Tras graduarse viajó a Francia y permaneció unos meses como agregado en la embajada en París. Su primer libro de matemáticas data de 1897; más tarde sostendría que esa obra temprana, fuertemente influida por Kant, carecía de valor. Interesado en los fundamentos de la aritmética, se puso a estudiar los trabajos del matemático italiano Giuseppe Peano a quien había conocido en un congreso en París.


Bertrand Russell, 1916

EL PROGRAMA LOGICISTA

Tradicionalmente, las matemáticas empleaban conceptos (número, límite, infinito) sin definiciones precisas que permitieran su total comprensión. Hacia 1820 se había iniciado un proyecto de formalización en el cual, a finales del siglo, trabajaban, entre otros, Dedekind, Cantor y Peano. En esa línea, el principal referente del logicismo (la opinión de que el estudio de las matemáticas puede ser reducido formalmente al estudio de la lógica) era el alemán Gottlob Frege quien, en 1901, tras más de veinte años de trabajo cree, por fin, haber logrado una solución a la fundamentación lógica de la matemática usando la teoría de conjuntos.

Fue estudiando los trabajos de Cantor que Russell descubrió la paradoja que hoy lleva su nombre. Al principio creyó ver en ella sólo una curiosidad, un nuevo y divertido desafío, pero cuando un año después seguía sin poder resolverla, comprendió que estaba frente a un problema mucho más serio. Al comentarlo con Whitehead, éste le dijo: “Nunca más habrá una alegre y confiada mañana.” En junio de 1902, Russell le escribió a Frege para comunicarle su descubrimiento: si la teoría de conjuntos es contradictoria, no se podría confiar en ninguna demostración matemática basada en ella. Frege recibió la misiva justo unos días después de haber enviado a la imprenta el segundo volumen de su Grundgesetze der Arithmetik (Las leyes básicas de la aritmética). Inmediatamente vio la dificultad pero, incapaz de resolverla, sólo atinó a añadir un apéndice en el cual, apresuradamente, discutía el asunto. En esa nota, posiblemente la más dolorosa en la historia de las matemáticas, admitía: “Difícilmente pude haber algo más indeseable para un científico que ver el derrumbe de sus cimientos justamente cuando la obra está acabada. La carta del Sr. Bertrand Russell me ha puesto en esta situación.”

Tras un esfuerzo intelectual que juzgo tremendo, Russell encontró una solución para el problema. Hilbert, Zermelo y Fraenkel propusieron otras, pero el programa logicista había quedado herido de muerte. El golpe de gracia se lo daría años más tarde Kurt Gödel, cuando demostró que los sistemas formales son incompletos (no pueden demostrarse todos los teoremas verdaderos) o son contradictorios. Esas dificultades han obligado a los lógicos a limitar el alcance de sus teorías.

Todas esas cuestiones serían finalmente desarrolladas por Russell y su ex profesor Alfred Whitehead en Principia Mathematica (tres volúmenes, 1910-1913). Al completar la obra después de una década de duro trabajo, Russell se sintió exhausto (luego diría que nunca pudo recuperar completamente sus facultades intelectuales debido a ese agotamiento). Además, la editorial rechazó su publicación aduciendo posibles pérdidas económicas. La Royal Society colaboró, pero los propios autores tuvieron que poner 50 libras cada uno. Diez años después, aún no habían logrado recuperar esa inversión.


Bertrand Russell presidiendo la campaña para el desarme nuclear (CND), en las calles de Londres en protesta por la adopción de armas nucleares, 1961

Hoy el libro es considerado el trabajo en lógica más importante que se haya escrito desde los tiempos de Aristóteles; no hay biblioteca universitaria que no posea un ejemplar. Probó ser una obra maestra del pensamiento racional, de gran influencia, no sólo en otros campos de la filosofía como la metafísica y la epistemología, sino también en áreas tan diversas como la economía, la lingüística y la informática. Los autores lograron expresar la moderna lógica de predicados con una claridad que Frege y los lógicos anteriores no había podido lograr. De hecho, Frege hubiera permanecido en la oscuridad si Russell no hubiera rescatado su trabajo.

MATEMÁTICAS Y FILOSOFÍA

Russell también utilizó estas herramientas para aclarar algunas cuestiones filosóficas. Mediante el análisis lógico, intenta descubrir en qué medida el conocimiento es posible. Para él, la imprecisión no es una característica del mundo, sino de la lengua. Por ello estaba obsesionado con la idea de poder crear un lenguaje simbólico perfecto que eliminara las trampas del lenguaje ordinario, situación que a menudo metía a los filósofos en problemas. Fue a través de esa reformulación que encontró la solución de varios desafíos de la lógica de entonces. Uno de ellos se refiere al funcionamiento de la ley del tercero excluido; un ejemplo clásico es el valor de verdad que pudiera tener la frase: “El actual rey de Francia es calvo.” Ésta debiera saldarse como verdadera o falsa, pero implícitamente supone la existencia de un rey de Francia cuando se sabe que Francia no tiene rey. Usando el cuantificador existencial, Russell delimitó la validez de esas proposiciones modificando la frase a: “Existe un rey de Francia y es calvo.” (Sobre usos del lenguaje hay una graciosa anécdota: cierta ocasión le espetó a una verdulera “¡Paralelepípedo!”, provocando la furia de la mujer que consideró que había sido insultada.)

La influencia de Russell en casi todos los filósofos posteriores fue grandiosa. Como recordaba Willard van Orman Quine en 1966: “Creo que muchos de nosotros nos hemos sentido atraídos a nuestra profesión por los libros de Russell.” Esa influencia se destaca, particularmente, en la obra de su alumno: Ludwig Wittgenstein. Hombre depresivo, Wittgenstein ocupaba todo su tiempo y lo agotaba, pero Russell estaba fascinado con el joven austríaco a quien consideraba un genio y veía como su sucesor. Lo ayudó consiguiéndole becas (y años más tarde un puesto en Cambridge) y lo alentaba a terminar su Tractatus Logico-Philosophicus (mientras Russell estaba preso en Brixton en 1918, Wittgestein daba forma a su libro como prisionero de guerra en Monte Cassino). Tras varios rechazos editoriales, Wittgenstein le pidió que escribiera una introducción con el fin de valorizarlo. Lo hizo con gusto, para sólo obtener la queja de que no lo había entendido bien. Con el tiempo, Russell llegó a discrepar con el trabajo posterior de su alumno. La filosofía analítica había dado un vuelco hacia el análisis del lenguaje ordinario; Wittgenstein se sumó a esa corriente, la llamada Escuela de Oxford, que según Russell estaba más interesada en juegos de palabras que en la investigación filosófica. A su vez, Wittgenstein calificó a sus escritos de superficiales y recomendaba no leerlos.

La herencia de Russell también se hace patente en los positivistas lógicos del famoso Círculo de Viena (entre ellos Rudolf Carnap) para quienes las afirmaciones metafísicas carecen de contenido (postura que Borges supo expresar muy bien en uno de sus cuentos: “la metafísica es una rama de la literatura fantástica”). Aunque a lo largo de su vida sintió gran simpatía por ellos, Russell nunca fue un positivista. No rehusaba la metafísica, al contrario, sentía gran afinidad por ella; nada más quería limitar sus excesos.

Esa concepción amplia de la filosofía provenía en parte de su origen idealista. De fuerte influencia hegeliana, la doctrina del idealismo sostiene que todos los objetos y experiencias son fruto del intelecto. En Los problemas de la filosofía (1912), Russell intentó refutar esa corriente para terminar, en cierta medida, convertido en uno de los herederos del viejo empirismo británico (Locke, Hume) que pretendía reducir todo contenido cognitivo a la experiencia sensorial. Una última posición, desarrollada hacia 1913, fue su defensa del monismo neutral, opinión de que el mundo se compone de un solo tipo de sustancia, que no es exclusivamente mental ni tampoco física.


Foto: Juergen Corleis

Russell cambió sus posiciones filosóficas numerosas veces a lo largo de su vida, pero cierta metodología en el abordaje de los temas, tanto científicos como filosóficos, permaneció constante, y de alguna manera unificó sus puntos de vista con respecto a la metafísica y a la epistemología. Aunque partidario del método científico, creía que la ciencia sólo obtiene respuestas provisorias: “La ciencia en ningún momento está totalmente en lo cierto, pero rara vez está totalmente equivocada y tiene en general mayores posibilidades de estar en lo cierto que las teorías no científicas.” Fascinado por los avances de la física, dedicó algunos libros a su divulgación, el más conocido de los cuales es El ABC de la relatividad.

SOCIEDAD Y RELIGIÓN

Poco después de la primera guerra, las investigaciones de Russell se vieron interrumpidas. En 1916 había sufrido el primer revés por su actitud pacifista: fue multado y, como no pagó la suma, le remataron la biblioteca, pero sus amigos lograron rescatar los libros. Dos años después (mientras estaba preso), escribió su último trabajo significativo en matemáticas, Introducción a la filosofía matemática (un divorcio más en su compleja vida pasional); según su propio comentario, su trabajo en lógica lo había dejado agotado. Los ataques de Wittgenstein lo afectaron tanto que tampoco pudo volver a escribir de filosofía; recién volvería a ella en 1940.

Debido a la imposibilidad de ejercer la docencia en Gran Bretaña, el retiro de su pasaporte (que lo hizo perder un ofrecimiento de la Universidad de Harvard) y la cárcel, Russell comenzó a ganarse la vida a través de la publicación de una serie de libros que, si bien lo pusieron en el centro de la controversia (aun más que su pasaje por la prisión), se fueron convirtiendo en su principal fuente de ingresos y de popularidad. Con un estoicismo que sólo los ingleses pueden tener, comentaba: “Puede parecer curioso que la guerra haga rejuvenecer a alguien, pero en realidad me sacó de mis prejuicios y me hizo pensar nuevamente en una serie de cuestiones fundamentales.”

Russell consideraba que “en todas las actividades es saludable, de vez en cuando, poner un signo de interrogación sobre aquellas cosas que por mucho tiempo se han dado como seguras”. En Sobre la educación (1926), destaca la importancia de ésta para el progreso social. Para él, todo profesor debe intentar hacer crecer en sus alumnos la tolerancia que surge de intentar comprender a los otros: “Uno de los defectos de la educación superior moderna es que hace demasiado énfasis en el aprendizaje de ciertas especialidades y demasiado poco en un ensanchamiento de la mente y el corazón por medio de un análisis imparcial del mundo.”

En su libro más controvertido, Matrimonio y moral (1929), se expresa sin tapujos a favor de la libertad sexual. “Temer al amor es temer a la vida, y los que temen a la vida ya están medio muertos”, decía. Allí, cuestiona las nociones morales sobre sexo y se manifiesta partidario del divorcio siempre y cuando el matrimonio no tenga hijos. En tal caso, su opinión era que los padres deberían permanecer casados y ser tolerantes hacia la infidelidad. Esa posición era un reflejo de su vida en ese momento: su esposa Dora había quedado embarazada de un amante, el periodista americano Griffin Barry. En La conquista de la felicidad (1930), obra enmarcada en la larga tradición del estoicismo, que hoy seguramente podría ser colocada en los estantes de autoayuda, escribió: “Carecer de algunas de las cosas que uno desea es condición indispensable de la felicidad.” Allí también afirma: “Cuantas más cosas interesen a alguien, más oportunidades de ser feliz tendrá.” En Por qué no soy cristiano (1927) y Religión y ciencia (1935), Russell trata el tema de la religión y fundamenta su agnosticismo filosófico.

POLÍTICA Y PACIFISMO

Russell, que inicialmente expresó sentir mucha simpatía por los objetos del “experimento comunista”, cambió de opinión tras su visita a Moscú en 1920. Allí se entrevistó con Lenin, pero el líder soviético lo decepcionó. Russell manifestó que los métodos usados eran intolerables y que los resultados no justificaban el alto precio que esa sociedad estaba pagando. “El tiempo que pasé en Rusia fue una pesadilla cada vez mayor –escribió– la crueldad, la pobreza, la sospecha, la persecución, estaba en el aire que se respiraba.” Tras la muerte de Stalin en 1953 suavizó esas opiniones al considerar que el liderazgo posterior era más propicio para la paz mundial.


Bertrand Russell con sus estudiantes de Princeton en 1944

Un año después volvió a partir, esta vez rumbo a China; impartió clases en Pekin –se dice que Mao Tse-Tung asistió a ellas– y se difundió la noticia de que había muerto. En realidad, todo el asunto se redujo a una mera pulmonía y a las dificultades de comunicación luego de que un periódico japonés comunicara su deceso. Al pasar por Japón al regreso, Dora entregó a los periodistas unas pequeñas esquelas escritas a máquina que decían: “El Sr. Bertrand Russell, habiendo muerto según la prensa japonesa, está imposibilitado de dar conferencias para la prensa japonesa.” El sarcasmo no cayó bien. Tras regresar, la pareja fundó y dirigió la Beacon Hill School, una escuela experimental de corte progresista donde los niños se educaban en absoluta libertad, fuertemente influenciada por la contemporánea Summerhill, de A. S. Neill. Por este tema tuvo algunos enfrentamientos con las autoridades de la educación.

Para 1938, Russell viajó con su familia a Estados Unidos donde pudo volver al ejercicio de la docencia. Sobre sus clases en Chicago, Carnap recordaba: “Russell tenía la feliz habilidad de lograr una atmósfera en la que cada participante hacía lo posible por contribuir a la tarea común.” En 1940 protagonizaría otro escándalo: el City College de Nueva York lo contrató como profesor, pero se generó una fuerte polémica, con apasionadas protestas: se le reprochaban las libertinas opiniones sexuales que había expresado en Matrimonio y moral (la queja la inició la madre de una estudiante de otra carrera). Albert Einstein, John Dewey, Aldos Huxley y otros intelectuales lo apoyaron. Impedido nuevamente de dar clases, Russell retomó la escritura; Historia de la filosofía occidental fue su libro más vendido. Por esas fechas se manifestó a favor de la acción bélica en el entendido de que la expansión nazi debía ser frenada.

En 1944 fue restituido en su puesto en Cambridge. En 1948, con setenta y seis años de edad, sobrevivió a un accidente de aviación en Hommelvik, Noruega; cuenta la leyenda que escapó de la aeronave por sus propios medios, nadando con el sobretodo puesto. Al año siguiente, el rey Jorge VI lo condecoró con la Orden del Mérito; levemente incómodo por algunas de las actitudes de Russell a lo largo de su vida, el rey le dijo: “Usted se ha comportado de una manera poco apropiada algunas veces.” Russell solamente sonrió, para luego declarar que pensó en contestarle: “Es verdad, igual que su hermano.” El Premio Nobel de Literatura llegaría en 1950.

De ahí en más Russell sería conocido fundamentalmente por sus denuncias y por su defensa de la paz mundial. Junto a Einstein creó la primera Conferencia Pugwash que reunió a varios científicos preocupados por la escalada nuclear. Encarcelado nuevamente a los ochenta y nueve años por incitar a la desobediencia en relación a este tema, la cobertura mediática sólo sirvió para aumentar su reputación. Durante la crisis de los misiles de Cuba ofreció su mediación y, en 1966, junto a Jean Paul Sartre, organizó un Tribunal Internacional del Crímenes de Guerra –hoy conocido como el Tribunal Russell– para investigar las consecuencias de la acción militar de Estados Unidos en Vietnam.

Checoslovaquia, la situación de Aleksandr Solzhenitsyn y el destino del pueblo palestino estuvieron entre las últimas preocupaciones del hombre que alguna vez escribió: “Tres pasiones, simples pero abrumadoramente fuertes han gobernado mi vida: el anhelo de amor, la búsqueda del conocimiento y la compasión por el sufrimiento insoportable de la humanidad. Estas pasiones, como grandes vientos, me han llevado de aquí para allá en un curso caprichoso [...] Esta ha sido mi vida. Me ha parecido digna de ser vivida y la viviría nuevamente si se me ofreciera la oportunidad.” Murió de gripe el 2 de febrero de 1970.


Mario Marotti

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