Tlaskamati

viernes, 18 de diciembre de 2009

La imaginación es prestada y el heno, de invierno.



Hace diez años que recorro el mundo/ he vivido poco; me he cansado mucho/… Así comienza uno de los poemas de Antonio Machado y me viene a la mente un mundo de imágenes que sobrevuelan los recuerdos; como el resumen de los diarios al fin del año o los 20 más de los momentos más importantes y trascendentes.
La recapitulación de vivencias, por lo tanto; se vuelve necesaria para el individuo, que vive el presente, pero que recuerda el pasado con su cúmulo de enseñanzas. Y avizora un futuro con las consecuencias de hechos concretos y con las ilusiones de la imaginación prestada. Porque la imaginación es así, prestada.
Prestada del momento espontaneo, fugáz, de la capacidad de retención y de fantasear. De la memoria que enlaza ideas con líneas y colores. Con imágenes repentinas de pensamientos cóncavos y convexos, capturados como bombas de jabón.
Lecciones, aprendizaje, eso deja la imaginación prestada en la que basamos la percepciones del vivir, nuestra verdad relativa se conforma de esa imaginación prestada.

Me viene a la mente después de leer NAVIDAD EN LAS MONTAÑAS, la ocasión aquella en que subimos la Sierra con un grupo de compañeros, había recorrido casi el primer tercio de mi vida, la adolescencia; la etapa de la diarrea emocional como le llamo.
Subimos con un grupo de Secundaria, recuerdo el nombre de algunos de ellos: Chanis, Bolivar, Zaulo; por supuesto que mi amigazo Cruz Edgar. El pretexto era de ir por heno, para la navidad. Mi madre se levantó temprano a prepararme unas enchiladas para el lonch. Cruz por su parte lo había acompañado de unas mandarinas y naranjas que había tomado de un huerto.
Una vez reunidos con los demás chicos, comenzamos temprano a caminar por los potreros, algunos de ellos presumiendo tener experiencia y conocimiento de los enserenados pastizales; por donde debían de guiarnos. Caminamos alrededor de 90 minutos y llegamos a un área boscosa, a las faldas de la sierra. Unos árboles frondosos nos saludaban frescos, verdes y vigías corpulentos; tal vez extrañados por la visita.

Como parte del paisaje singular, había un arroyuelo de agua cristalina, que venía de las entrañas de la sierra. Colgaban de los árboles presuntuosos, como barbas; el heno navideño. Nos dispusimos acampar y disfrutar de aquella agua tibia, bañarnos en sus aguas cantarinas de la huasteca. Algunos se rehusaban, pero entre Cruz y yo nos encargamos de convencerlos; pues veníamos de la Escuela del aguazul callado (arroyo donde nadábamos a diario).

Después de bañarnos y comer a la orilla del arroyo, llenamos los costales de ese injerto de barbas, posado en amigos frondosos. El heno.

Regresamos contentos sin imaginar el futuro de cada uno de esos adolecentes aventureros, Chanis es Profesor, Bolivar también, Zaulo radica en alguna frontera, Cruz militar y yo; un peatón aventurero.

Doropeatón.
“Los espejos están llenos de gente/los invisibles nos ven/los olvidados nos recuerdan/cuando nos vemos, los vemos/cuando nos vamos ¿se van?
… E. Galeano

1 comentario:

Anónimo dijo...

ese poema (Nostalgia) no es de Machado sino de José Santos Chocano.