Tlaskamati

lunes, 21 de junio de 2010

¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi?


Elena Poniatowska
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En el homenaje a Carlos Monsiváis en el Palacio de Bellas Artes, Elena Poniatowska rompió con el tenso silencio que desde las 10 de la mañana reinaba en el recintoFoto Carlos Cisneros


¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi? Tú eres el enfrentamiento más lúcido al autoritarismo presidencial, el enfrentamiento más lúcido a las actitudes absurdas cuando no corruptas de las dos cámaras, el enfrentamiento más lúcido a los abusos del poder, la denuncia más ingeniosa y persuasiva de las actitudes y del lenguaje de los políticos, tú nos has hecho brindar contigo y sonreír con tu Por mi madre bohemios, que tiene tantos años de vida. Tú eres el enfrentamiento a nuestra clase política y a nuestra clase empresarial, tú confrontas decisiones y declaraciones tramposas e irreales y te indigna que nuestros tiempos sean los de la impunidad.

Tu mensaje esencial es el de la pérdida de majestad del poder presidencial, tu mensaje esencial en 1985, durante los dos terremotos, fue enseñarnos que a la hora de la desgracia podíamos organizarnos solos y hacerlo con más nobleza y más eficacia que ninguna instancia en dar como lo hicimos, si corríamos nosotros la suerte de todos, si corríamos a buscar picos y palas a la tlapalería, tu mensaje fue ennoblecernos y hacer que creyéramos en nosotros mismos, porque tú eres la nobleza misma, el compromiso mismo, la defensa de los derechos humanos, la indignación y el llanto en Acteal, la frase que alguna vez exclamaste tú que jamás, jamás decías groserías: ¡Ahora sí que no tienen madre!

¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi? ¿Cómo vamos a entendernos? ¿Cómo vamos a comenzar el día sin tus llamadas telefónicas? ¿Cómo sin tu risa entrañable? A todos nos dabas algo temprano en la madrugada y amanecíamos con tus consejos, tus críticas, tu bárbara e inconmensurable información.

Ya a las siete habías leído todos los periódicos pero también, Monsi, habías leído todos los poemas, habías analizado todas las noticias, pero también habías escrito tu “Nuevo catecismo para indios remisos”, ya a las ocho de la mañana tenías una idea muy clara de hacia dónde se encaminaba el gobierno, qué nueva felonía nos esperaba pero sonreías porque habías salvado con un solo telefonazo a un gato o a un perro o a un toro o a un niño o a una mujer o a un muchacho desbalagado en esta vida entre el Metro Portales y el Villa de Cortés.

¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi, cómo vamos a seguir? Nunca entendimos cómo pudiste estar en tres o cuatro lados al mismo tiempo. Tu don de la ubicuidad abarcaba la pintura, la poesía, el humor, la crítica, la lucha por la justicia, el amor a los demás. Tu don de ubicuidad y tu capacidad creativa –incomprensible para mí– te hizo recoger lo más bello de México para fundar museos y hacer libros, porque antes que el del El Estanquillo, que todos llamamos Monsiváis, hiciste otras colecciones, otros museos, investigaste en otros archivos, recuperaste a Leopoldo Méndez y a todo el Taller de Arte Popular, luchaste con ellos contra el fascismo como luchaste al lado de los moneros, de Gabriel Vargas y La Familia Burrón, de Rius, de El Fisgón, de Hernández, de Rocha, de Ahumada, de Naranjo, que ahorita ha de estar mirando incrédulo la pared de enfrente, en su restirador.

Si la sociedad que se organiza, si el cine mexicano, si la trivia, el pudor y la liviandad, si los movimientos sociales son tus grandes temas, el Movimiento Estudiantil del 68 es el que nos atañe a todos, es la punta de flecha del cambio que tú buscas, el de la protesta popular y el de la resistencia civil.

Luchaste como nadie contra la desinformación, viajaste por todo el país, ibas de Oaxaca a Hermosillo, la frontera para ti, Tijuana, Ciudad Juárez, Laredo, fueron ciudades que te brindaron algunas de tus grandes emociones y tus grandes preocupaciones. Fuiste consulta obligada, fuiste pilar del Proceso de don Julio Scherer García y fuiste un observador muy atento de la la lucha contra el narcotráfico y un defensor absoluto del Estado laico. En cambio, te sorprendió y te alegró que los mexicanos demostraran en el Zócalo su respeto por sí mismos y su posibilidad de nacer de nuevo y ser otros al posar desnudos frente a Spencer Tunick.

¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi? Aquí caminamos a tu lado, sonreímos contigo, cantamos contigo, a ti te gustaba cantar y eras muy entonado, te gustaba reírte y reír contigo nos hacía sentirnos casi dioses. Aquí nos tienes a todos desolados y conmovidos, aquí nos tienes destanteados, aquí nos tienes dolidos hasta la médula preguntándote: ¿por qué nos hiciste eso? Y si nos hiciste eso, ¿por qué no nos preparaste mejor?

Aquí están doña María, Bety y Araceli y Marta Lamas y Jesus y Raquel y Chema y Lilia y Jenaro y Alejandro y Rolando, y Neus y Cheli y Julia y Sabina y Javier y Braulio y Margo y Alejandra y Enrique, y no está Bolívar porque se te adelantó, a lo mejor lo vas a ver, a lo mejor abrazas a Saramago, con quien viajaste a Chiapas en los noventas. A la que sí vas a ver, seguro, es a doña María Esther, que supo educarte como a nadie, que te hizo leer la Ilíada desde muy niño, que te enseñó la biblia de memoria, que te hizo pensar como piensas ahora, con esa inmensa inteligencia que a todos nos deslumbra.

¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi? Tú nos abriste puertas a otros mundos, a un mundo raro como ironizarías en este momento, tú te lanzaste antes que nosotros, tú defendiste las causas de los más indefendibles en el sentido de que nadie los cuida, tú nos abriste puertas antes impenetrables. Soy una señora de 78 años, con 10 nietos tras de mí, y quiero decirte que nada en los últimos meses de tu enfermedad me ha conmovido tanto como el amor que te tiene Omar. Su dolor te honra, su entrega es tu trofeo y a mí me hace entender lo que significa la existencia real del amor sin límites, el amor que no tiene fronteras sexuales y ese amor me enaltece como enaltece a todos los movimientos de reivindicación o de identidades diversas en mi país, en tu país, en el país de todos nosotros que estamos aquí de pie a tu lado, caminamos a tu lado y vamos a seguir, juntos codo a codo denunciando lo que tú denunciabas y celebrando la congruencia, la ironía, el compromiso, el clamor por la transparencia, el No sin nosotros de 1996 y el Nunca más un México sin nosotros de los indígenas de Chiapas.

¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi? Tus causas serán nuestras causas, tu defensa de las minorías, nuestra defensa, no seremos estatuas de sal, somos, eso sí, tus amores perdidos, pero tú siempre serás el gran amor que enaltece y que todos buscamos en la vida.

¿Qué va a hacer México, sin ti, Monsi?

domingo, 20 de junio de 2010

Dos grandes que se van.... en el quinto momento

Saramago junto al ensayisa mexicano Carlos Monsivaís y el escritor colombiano Gabriel García Márquez (Archivo Cuartoscuro)

La sabiduría del autoengaño

En 2006, en apoyo al movimiento antifraude, Monsiváis advirtió: no abandonemos nuestros votos en la fosa común de la resignación





Nada más lógico y, a su modo, más aleccionador, que la estrategia de persuasiones de los más calificados y autocalificados funcionarios del gobierno federal. Si hemos de traducir este sistema, describámoslo así y dejémoslo así: “A la sociedad o al pueblo ya no se le convence, ha perdido el don divino de la credulidad, y, o no están informados de nada, o se nutren de internet, radio, incluso noticieros de televisión, celulares, o twitters. Y los que no, ni se enteran ni les importa, y con dificultad saben el nombre de alguno de nosotros, lo que llamamos aquí analfabetismo onomástico. Entonces, ¿a quién persuadir?, pues a los más enterados, a los más competentes, a los que rigen los destinos de la nación, nos referimos naturalmente a nosotros mismos. De esta manera nuestra estrategia mediática y nuestras redes sociales se dirigen a ese objetivo maravilloso: convencernos a nosotros mismos. Si logramos eso, lo demás ya no importa. Hablamos para oírnos y, sin broma alguna, la técnica es de una gran profundidad: el que persuade a las élites, persuade a lo más elevado del país. Por eso al autoengaño, como le dicen los resentidos, es la manera más solidaria y eficaz de ir avanzando en el gobierno”.

Desde fuera, el asunto se podría ver distinto: un laberinto de afirmaciones que indignan de forma sistemática pero efímera, ya que las siguientes expresiones de los poderosos irritan aún más. Influido por esta táctica, me explico para entenderme. No ves que los altos funcionarios (la altura se mide por el salario real, las prestaciones, la importancia que se les concede y el número de fuerzas de seguridad que los acompañan) crean en lo que dicen. Esto sería abusar de su candor. Más bien, el procedimiento va así: el funcionario declara a sabiendas de que nadie le va a creer y en la ruta hacia la decepción con este pueblo ingrato, oye y lee sus propias palabras y queda encantado. ¿Por qué no se le habrían ocurrido a él primero? Luego, al ver las cuantiosamente reproducidas en los noticieros y en los periódicos se anima por completo. Vaya que tengo razón, me lo confirma ese alto funcionario que, por coincidencia, lleva mi nombre. A los críticos no los lee porque eso sería un desgaste visual innecesario.

* * *

No estoy ironizando ni haría falta tratándose de la cadena de acontecimientos interminables y veloces que, cuando no queda otra, nos usa de testigos. Cómo explicarse de otra manera que el secretario de Gobernación Fernando Gómez Mont hable del fuego cruzado en el combate en el Tec de Monterrey y afirma como si a alguien le constara que los estudiantes asesinados habían estado del lado bueno y por ello los habían ultimado los sicarios. No le importa lo realmente ocurrido, el despojo de las identificaciones, el secuestro de los videotapes del Tecnológico, la granada que destrozó a uno de los jóvenes, la imposibilidad de que hubiesen sido los narcos. Todo eso pertenece al reino de lo inconvincente, y esto no lo dice en serio como funcionario del ramo, lo dice y muy en serio como primer oyente y lector de las palabras del secretario de Gobernación. Y luego va rectificando, no porque rechace lo sucedido, sino porque en el laboratorio del autoengaño, que es la primera función gubernamental, se inventó una sección llamada “Desmentidos por si acaso” y allí, en vez de las pruebas de balística que debieron ser lo primero, se acude ahora al cotejo de versiones, aunque la primera es la mejor y es la única. Si por casualidad resulta que los soldados asesinaron a los estudiantes, el secretario dirá: “Siempre dijimos que había culpables”.

* * *

Tómese el ejemplo del secretario de Economía Ernesto Cordero, podría decirse con amargura que es un accidente su profesión de economista, su verdadero oficio es el de ilusionista a la antigua, de esos de las ferias donde hacía su debut la inocencia infantil. Nada por aquí, nada por allá, no es una crisis lo que están ustedes viendo, señores, señoritas, jóvenes, personas adultas que me hacen favor de seguir mis movimientos y la conducción de la economía, fíjense bien, no le crean a sus sentidos, hijos del mal y la frustración, crean en lo que les digo, no vean lo que ganan, ni los índices del desempleo, ni la quiebra de pequeñas y medianas empresas, ni lo que dice el INEGI sobre febrero del 2010, el peor tiempo de la recesión, ni ninguna de esas vaciladas, no señores, señoritas y demás edades, júntense para no perderse mis palabras, aunque luego las repita igualitas, fíjense lo que les digo, no le den vueltas, la economía se ha recuperado casi todita, es un milagro de los que hacían antes para prestigiar la nueva religión, la economía levita, el gobierno multiplicó los caudales y los platos de lentejas, fíjense bien, ayer había una catástrofe, hoy el peso camina sobre las aguas.

* * *

El secretario del Trabajo Javier Lozano ofrece con alegría desdichadamente no contagiosa, su proyecto de reforma laboral: “No le den vueltas, sujetos a los que nunca llamaré amigos porque mi puesto no es una tienda de condescendencias. Lo que el gobierno les ofrece es respetar con puntualidad ciega la Constitución pero estableciendo leyes aparte para no tocarla y sí modernizarla. ¿Qué prefiere el desempleado: que no lo pongan a prueba un tiempo indeterminado para que si no funciona de acuerdo a los criterios de la empresa lo corran con el salario anterior al mínimo? ¿O tener que trabajar en las calles incorporado a la economía informal que es la que le da la oportunidad al gobierno para decir que ha creado tantos empleos que ahora se piensa en exhibir desempleados como especie en extinción? A ver, legisladores, sindicatos y frentes auténticos, no se opongan a las bondades de la explotación, opónganse a las iniquidades del comunismo subversivo. Con la reforma laboral que proponemos, y que es la justa porque es la que a nosotros nos convence, se acabarán muchos problemas, para empezar la existencia de problemas, ese invento de los desocupados. Por ejemplo, se acabarán los chistecitos sobre la huelga de Cananea que sólo rima con Jorge Larrea, ya los delincuentes que ocupan las instalaciones lo saben: o se salen de allí o se meten, y no por su propio pie a unos galerones donde no podrán escavar porque no se permiten las fugas. A los del SME que no se les vaya a ocurrir poner diablitos en sus casas porque una infracción del suministro eléctrico será condenada a 30 años sin luz, ya saben: “Si tú no eres represivo, lo que pasa es que a ti no te engañan con pancartas de protesta, tú lees lo que te traen tus asesores, lo estudias cinco minutos y lo firmas convencido de que has hecho lo justo porque de otra manera no serías tú”.

Gracias a la estrategia del autoengaño el gobierno duerme en paz y las instituciones ya no tienen por qué lavar ajeno.

Escritor

A MI PADRE....






Yo tengo en el hogar un soberano
único a quien venera el alma mía;
es su corona de cabello cano,
la honra es su ley y la virtud su guía.

En lentas horas de miseria y duelo,
lleno de firme y varonil constancia,
guarda la fe con que me habló del cielo
en las horas primeras de mi infancia.

La amarga proscripción y la tristeza
en su alma abrieron incurable herida;
es un anciano, y lleva en su cabeza
el polvo del camino de la vida.

Ve del mundo las fieras tempestades,
de la suerte las horas desgraciadas,
y pasa, como Cristo el Tiberíades,
de pie sobre las horas encrespadas.

Seca su llanto, calla sus dolores,
y sólo en el deber sus ojos fijos,
recoge espinas y derrama flores
sobre la senda que trazó a sus hijos.

Me ha dicho: «A quien es bueno, la amargura
jamás en llanto sus mejillas moja:
en el mundo la flor de la ventura
al más ligero soplo se deshoja.

»Haz el bien sin temer el sacrificio,
el hombre ha de luchar sereno y fuerte,
y halla quien odia la maldad y el vicio
un tálamo de rosas en la muerte.

»Si eres pobre, confórmate y sé bueno;
si eres rico, protege al desgraciado,
y lo mismo en tu hogar que en el ajeno
guarda tu honor para vivir honrado.

»Ama la libertad, libre es el hombre
y su juez más severo es la conciencia;
tanto como tu honor guarda tu nombre,
pues mi nombre y mi honor forman tu herencia.»

Este código augusto, en mi alma pudo,
desde que lo escuché quedar grabado;
en todas las tormentas fue mi escudo,
de todas las borrascas me ha salvado.

Mi padre tiene en su mirar sereno
reflejo fiel de su conciencia honrada;
¡Cuánto consejo cariñoso y bueno
sorprendo en el fulgor de su mirada!

La nobleza del alma es su nobleza,
la gloria del deber forma su gloria;
es pobre, pero encierra su pobreza
la página más grande de su historia.

Siendo el culto de mi alma su cariño,
la suerte quiso que al honrar su nombre,
fuera el amor que me inspiró de niño
la más sagrada inspiración del hombre.

Quisiera el cielo que el canto que me inspira
siempre sus ojos con amor lo vean,
y de todos los versos de mi lira
estos dignos de su nombre sean.

Juan de Dios Peza


TE QUIERO VIEJO....

sábado, 19 de junio de 2010

Retrato hablado: Carlos Monsiváis...la ironía y la palabra exacta

Adeus, Saramago






México 2010: olvidar el futuro
Jaime Avilés

En 2004, José Saramago visitó las instalaciones de La Jornada, donde convivió con trabajadores, accionistas y directivos. En la imagen, el escritor portugués observa la portada que este diario realizó con motivo de su nombramiento como premio Nobel de Literatura 1998. Lo acompaña Lilia Rossbach Fabrizio LeónFoto Foto
A
batido por la desaparición física de don José Saramago, el mundo pierde a un activista de primera línea, que en Europa, en Palestina, en Latinoamérica, en Chiapas, en México, siempre salió, en el momento justo, en defensa de quienes más lo necesitaban. Pero tras la muerte de este portugués universal, la humanidad se queda con un grandísimo escritor vivo, en plenitud de facultades, lleno de fortaleza, de juventud, de ingenio, de fantasía, de humor, de erudición, de clarividencia y de poder narrativo, que será inmortal hasta el fin de los siglos mientras alguien lo lea.
Cuento dos anécdotas que pintan de un plumazo la admirable vitalidad que a los 79 años le permitía viajar sin descanso por todo el planeta, escribir novelas maravillosas, pelear en la prensa, y comer y cantar con una alegría casi infantil. En marzo de 2001, durante una reunión en casa de Ricardo Rocha, a la que asistían Manuel Vázquez Montalbán; Laura Lara, de Alfaguara; el anfitrión y su familia; don José y Pilar del Río, su esposa, a cada rato Saramago volteaba hacia mí, alzaba discretamente su copa o sonreía con un guiño, al cual yo, atónito, le correspondía sin entender qué pasaba.
Había tenido el privilegio de conocerlo dos años antes en Venecia, donde me concedió una entrevista sobre la guerra de Kosovo, y meses después, por Laura Lara, de Alfaguara, supe que había quedado muy satisfecho. ¿Esa era la causa por la que en casa de Ricardo Rocha con tanta frecuencia me sonreía? ¡Qué va! Es que yo estaba sentado junto a una señorita pelirroja guapísima, a la que el maestro no cesaba de coquetearle, y de piropearla en silencio, con miradas de suplicante seducción.
Era la víspera de la llegada al Zócalo de la Marcha del color de la tierra. Al otro día, muy temprano, Saramago, Pilar del Río, Vázquez Montalbán, Ricardo Rocha, sus hijos, la pelirroja guapísima y yo, acudimos a recibir a los zapatistas comprimidos como adolescentes en dos pequeños automóviles, y todavía hicimos escala en el Fiesta Americana para recoger a Joaquín Sabina y a Ximena, su novia; él, verde porque no había dormido, ella fresca, radiante y dicharachera.
Miles y miles de personas colmaban la Plaza de la Constitución cuando bajamos de los cochecitos ante el Antiguo Palacio del Ayuntamiento, donde por cortesía del Gobierno del Distrito Federal nos instalaron en una oficina del primer piso con vista al Zócalo. Don José y Pilar iban de paliacate rojo al cuello, como los indígenas rebeldes, pero él se impacientó porque desde aquellas angostas ventanas era imposible apreciar la dimensión colosal del evento.
Ansioso por ver más, Saramago desapareció con Vázquez Montalbán, y mientras Sabina moría por falta de cerveza, y Ximena y la pelirroja trataban de conseguírsela, Pilar del Río preguntó y supo que su incorregible marido, el premio Nobel de Literatura 1998, estaba nada menos que en la azotea del GDF, brincando y gritando con el puño en alto, lanzando vivas a los comandantes y las comandantas del EZLN y al subcomandante Marcos.
–¡Por favor! –le dijo Pilar del Río, angustiada, a la pelirroja guapísima—. ¡Sube y, por tu madre, cuídalo! ¡Pero, niña, corre, que no se vaya a caer!
Estos recuerdos, banales pero entrañables, no alivian la tristeza causada por la muerte de un grande entre los grandes, que viene a sumarse al dolor acumulado por otras ausencias irreparables, como las de Carlos Montemayor y Bolívar Echeverría. Tampoco disminuye la indignación sin atenuantes provocada por los ministros de la Suprema Corte de la Injusticia, que al renunciar a sus responsabilidades frente al homicidio de 49 bebés en la guardería ABC de Sonora, han abolido, de jure y de facto, el Poder Judicial del país, echando otra capa de pavimento al camino por el cual nos llevan cada vez con más descaro hacia una dictadura totalitaria, que ya se destaca por su marcada vocación asesina.
Retomo, sin embargo, el hilo del cuento sobre Saramago, el Saramago vivo, el que nos acompañará siempre, y lo hago como pretexto para reivindicar la olvidada importancia de la literatura en nuestra comprensión del mundo. No es una reflexión gratuita. Viene al caso porque tiene que ver con el nuevo libro de Andrés Manuel López Obrador –La mafia que se adueñó de México... y el 2012–, y la publicación de una novela extraordinaria: Olvidar el futuro (Tusquets, México, 2010), del escritor hidalguense Agustín Ramos. Aunque ustedes no lo crean, ambos títulos guardan estrechas relaciones entre sí.
En una época mucho más feliz que ésta, hacia 1969, el filósofo español Adolfo Sánchez Vázquez, a quien la guerra, el exilio y Lázaro Cárdenas volvieron mexicano, publicó un título que hoy, tantos años después, sigue siendo lectura obligada para los estudiantes de Filosofía y Letras. En efecto, en Las ideas estéticas de Marx (Ediciones ERA), Sánchez Vázquez habló con largueza sobre las relaciones entre literatura, ciencia política y sociología, al analizar las novelas de Franz Kafka.
Zapatero a tus zapatos, nos decía la maestra Eugenia Revueltas a los estudiantes de Letras en la UNAM de 1972, cuando al comentarnos la obra de Sánchez Vázquez nos recordaba que en 1870 Marx leía con avidez los libros de Balzac, para entender los usos y costumbres de la alta burguesía europea de 1830, mientras investigaba y esclarecía el funcionamiento del sistema capitalista.
Gracias a ese truco, los alumnos de doña Eugenia aprendimos a leer las aventuras de Sherlock Holmes con otros ojos: para descubrir cómo era la ciudad de Londres en 1880, en la que el joven Arthur Conan Doyle (1859-1930) escribió las primeras hazañas del célebre detective de la pipa, al mismo tiempo que el anciano Carlos Marx (1818-1883) redactaba los tomos finales de El Capital.
A lo mejor, dentro de muchos años, para comprender cómo era la vida cotidiana de nuestro país cuando López Obrador escribió La mafia que se adueñó de México...y el 2012, los estudiantes de sociología, de literatura y de historia escudriñarán con avidez las páginas de Olvidar el futuro. Si en su libro, el máximo líder opositor enjuicia a los 30 potentados que hoy por hoy dominan a más de 100 millones de mexicanos, en su novela Agustín Ramos toma como personaje central a uno de los miembros de ese grupo, el hombre más rico del mundo, “un empresario mexicano de origen libanés”, al que jamás llama por su verdadero nombre, pero acerca del cual relata vida y milagros, conocidos e inéditos, como si lo hubiera tratado íntimamente desde siempre, sin mencionar que además lo sitúa en un contexto de pesadilla, en que la corrupción, la inseguridad, la violencia del hampa y de las fuerzas armadas forman parte normal del paisaje, y México (p. 287) es gobernado por un “Presidente Legal (Pelele, por sus siglas, solía decir gran parte de la población)”, que termina dando un golpe de Estado para acelerar las reformas estructurales que faltan..
Y ya que en esas estamos, quiero terminar mostrando una coincidencia asombrosa entre ambos libros. En La mafia... López Obrador señala: “La entrega de Telmex se decidió entre Carlos Slim y Roberto Hernández (que) al final fue para el primero y al otro le ofrecieron Banamex.” (p.18). En Olvidar el futuro, Agustín Ramos cuenta cómo uno de los hijos del hombre más rico del mundo percibió la incorporación de Telmex al patrimonio familiar: “Su padre le ganó a su socio principal y éste debió conformarse con el banco” (p.244). La novela de Ramos se publicó un mes antes que el ensayo-denuncia-proyecto-alternativo-de-nación del Peje. Cometería grave error quien no se regale unas horas para leerla.
jamastu@gmail.com


viernes, 18 de junio de 2010

José Saramago, Murió Saramago! Chingao! Quedó muy vacío el tintero…



… Eran las once cuando sonó el timbre de la puerta. Algún vecino con problemas, pensó el violonchelista, y se levantó para abrir. Buenas noches, dijo la mujer del palco, pisando el umbral, Buenas noches, respondió el músico, esforzándose para dominar el pasmo que le contraía la glotis, no me pide que entre?, claro que sí por favor! Se apartó para dejarla pasar, cerró la puerta, todo despacio, lentamente, para que el corazón no le explotara. Con las piernas temblando, la acompañó a la sala de música, con la mano que temblaba le indico el sillón.

Pensé que ya se habría ido, dijo, como ve, decidí quedarme, respondió la mujer, pero partiré mañana, a eso me comprometí. Supongo que ha venido para traerme la carta, que no la ha roto, sí, la tengo en el bolso. Démela, entonces, tenemos tiempo, recuerdo haberle dicho que las prisas son malas consejeras, como quiera, estoy a su disposición, lo dice en serio? Es mi mayor defecto, todo lo digo en serio, incluso cuando hago reír, principalmente cuando hago reír.

En ese caso me atrevo a pedirle un favor. Cual? Compénseme por haber faltado ayer a su concierto, no veo de que manera, ahí tiene su piano. Ni se le ocurra, soy un pianista mediocre, o el violonchelo, eso es otra cosa! Sí, podré tocarle una o dos piezas si se empeña.

Puedo escoger? Preguntó la mujer, sí pero solo lo que esté a mi alcance, dentro de mis posibilidades. La mujer tomó el cuaderno de la suite numero seis de Bach y dijo, esto, es muy larga! Lleva mas de media hora, y ya comienza a ser tarde, le repito que tenemos tiempo, hay un pasaje en el preludio en que tengo dificultades! No importa, sálteselo cuando llegue, dijo la mujer, o ni será preciso, ya se verá que tocará aun mejor que Rostropovich. El violonchelista sonrió, pude tener certeza!

Abrió el cuaderno sobre el atril, respiró hondo, coloco el arco hasta casi rozar las cuerdas y comenzó. De mas sabía que no era Rostropovich, que no pasaba de un solista de orquesta cuando la casualidad del programa lo exigía, pero aquí, ante esta mujer, con su perro echado a sus pies, a esta hora de la noche, rodeado de libros, de cuadernos de música, de partituras, era el propio Johann Sebastián Bach componiendo en Cothen lo que mas tarde seria llamado opus mil doce, obras ellas casi tantas como fueron las de la creación.

El pasaje difícil fue traspasado sin que el se hubiera dado cuenta de la proeza que había cometido, manos felices hacían murmurar, hablar, cantar, rugir al violonchelo, he aquí lo que le faltó a Rostropovich, esta sala de música, esta hora y esta mujer.

Cuando terminó las manos de ella ya no estaban frías, las suyas ardían, por eso las manos se dieron a las manos y no se extrañaron. Pasaba mucho de la una de la madrugada cuando el violonchelista preguntó, quiere que llame un taxi que la lleve al hotel, y la mujer respondió. No, me quedaré contigo, y le ofreció la boca.

Entraron en el dormitorio, se desnudaron, y lo que estaba escrito que sucedería sucedió por fin, y otra vez, y otra aun. El se durmió, ella no. Entonces ella, la Muerte, se levantó, abrió el bolso que había dejado en la sala y sacó la carta color violeta. Miró alrededor como si buscara un lugar donde poder dejarla, sobre el piano, sujeta entre las cuerdas del violonchelo o quizás en el propio dormitorio, debajo de la almohada en que la cabeza del hombre descansaba. No lo hizo, fue a la cocina, encendió una cerilla, una humilde cerilla, ella que podría deshacer el papel con una mirada, reducirlo a un impalpable polvo, ella que podría pegarle fuego solo con el contacto de los dedos, y era una simple cerilla, una cerilla común, la cerilla de todos los días, la que hacia arder la carta de la muerte, esa que solo la muerte podía destruir.

No quedaron cenizas. La muerte volvió a la cama, se abrazo al hombre, y , sin comprender lo que le estaba sucediendo, ella que nunca dormía, sintió que el sueño le bajaba suavemente los parpados.

Al día siguiente no murió nadie.

FIN DE LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE!

No estoy alegre como la mayoría!(por el mundial), estoy triste! Cuando la suprema corte de Justicia de México, volvió a enterrar a los niños de Sonora, también porque arde México en la Narco guerra.

Pero una de mis grandes tristezas! Más grande que un ensayo sobre la ceguera; más importante que un Premio Nobel de Literatura.

Me siento triste como si partiera mi abuelo, un viejo sabio, un familiar cercano; así lo siento.

Más que un hombre ateo, Saramago eran las ideas todas, la congruencia, la calidad literaria, el humano Saramago.

En el fin de las intermitencias de la muerte, me nace decir: Murió Saramago! Chingao! Quedó muy vacío el tintero… las buenas ideas de luto.

Replica mi eco, luto en las palabras y tristeza en el verso; que se convierte en novela…

El Peatón

Hasta siempre Saramago!