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jueves, 20 de enero de 2011

El Talk Show 2011: la Reunión Calderón-Televisa



Felipe Calderón con los directivos de Grupo Televisa, encabezados por Emilio Azcárraga Jean, en la Plática Inaugural Estrategia 2011, de ese corporativo.Imagen: Presidencia.gob.mx
Jenaro Villamil

En los acontecimientos políticos y mediáticos no existen casualidades. Justo el mismo día que la conductora de origen peruano, Laura Bozzo, oficializó en entrevistas con medios que transmitirá a partir del próximo lunes 24 de enero su programa de talk show para Televisa y para Univisión, el presidente mexicano Felipe Calderón sostuvo una reunión con los cuatro principales ejecutivos de la primera empresa, encabezados por Emilio Azcárraga Jean, y con el presidente del Consejo de Administración de Univisión, el empresario Haim Saban, creador de los Power Rangers.
En un escueto comunicado, difundido en la página oficial de la presidencia de la República, se informó que Calderón sostuvo un encuentro con Azcárraga Jean, Bernardo Gómez, José Bastón y Alfonso de Angoitia –autodenominados como los Cuatro Fantásticos que dirigen los destinos de Televisa- para “intercambiar puntos de vista sobre los principales temas de interés general, así como las perspectivas de desarrollo para nuestro país en 2011”.
El boletín fue acompañado por una foto donde se fotografiaron Los Cuatro Fantásticos con Calderón, en el marco de la Plática Inaugural Estrategia 2011. Lo más significativo es que ese encuentro que para la presidencia de la República mereció un comunicado, para Televisa pasó desapercibido, al menos en sus páginas oficiales.
Después de ese encuentro, Calderón se reunió con Haim Saban, el presidente del Consejo de Administración de Univisión, la cadena de televisión de habla hispana más importante de Estados Unidos. Televisa ha divulgado su nuevo acuerdo de sociedad con Univisión. Después de haber perdido la posibilidad de comprar la mayoría de las acciones de control de esta cadena televisiva en junio de 2006, Azcárraga Jean ha logrado un acuerdo para renovar el acuerdo de intercambio de programación y para incrementar en más de 5 por ciento su participación en Univisión.
No es casual que en vísperas del año prelectoral más importante de México, Calderón presuma estos encuentros. Y que coincidan con el “estreno” de Laura Bozzo en el canal de las estrellas.



A Diez Años De La Fuga Del Chapo Guzman


El ‘Chapo’ y sus liberadores

Plaza Pública /


Diez años después de la fuga de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, prófugo desde entonces, son evidentes dos hechos: la creciente prosperidad del jefe del cártel de Sinaloa, que en su libertad ha ganado suficiente dinero para ser tenido entre los hombres más ricos del mundo, y también de los más poderosos (según los respectivos recuentos de la revista Forbes). Y la bonanza por lo menos política de que disfrutan los funcionarios del gobierno de Vicente Fox a quienes concernió la huida del más notorio narcotraficante mexicano.

Oficialmente, El Chapo salió del penal de Puente Grande oculto en un carrito de lavandería el 19 de enero de 2001. La periodista Anabel Hernández ha realizado una investigación que revisa esa información y ha determinado que la fuga se produjo el 20 de enero por la mañana. Horas antes habían llegado con gran aparato, avisados de que la fuga se había ya producido, tropas de la Policía Federal Preventiva y de la Policía judicial federal. La reportera, conocida por sus averiguaciones recogidas en libros contundentes (La familia presidencial, Fin de Fiesta en Los Pinos y Los cómplices del Presidente, referidos a Vicente Fox los dos primeros y a Calderón el tercero), asegura que El Chapo “ha contado a sus cercanos, e incluso a negociadores enviados por la Presidencia de la República, la verdadera historia de su fuga. La mañana del 20 de enero de 2001, cuando Jorge Tello Peón, Enrique Pérez Rodríguez y Humberto Martínez de la PFP entraron en el penal para investigar la supuesta huida, el capo salió de la prisión. La movilización de los elementos de la PFP y la PJF creó deliberadamente un escenario confuso, más aun en la oscuridad de una mañana de invierno. Vestido con un uniforme de la PFP y con el anonimato que dan los cascos o las capuchas usados por los policías, Guzmán Loera fue sacado del penal acompañado por integrantes de la misma corporación. Luego fue transportado en un vehículo oficial a varios kilómetros del penal. En algún punto del camino El Chapo se bajó del auto y se subió a un helicóptero que lo llevó al estado de Nayarit”.

Pueden los lectores del libro confiar en lo dicho por la investigadora o no. Es incuestionable, en cambio, el papel, probado documentalmente y por testimonios inobjetables, que esos funcionarios desempeñaron en el marco de la huida de Guzmán Loera. Éste había sido aprehendido en junio de 1993, muy poco después de que presuntamente fuera confundido con el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, que pagó con su vida el que se atacara su vehículo y se le privara de la vida en la creencia de que era El Chapo.
El jefe mafioso fue conducido al penal que entonces era conocido como Almoloya. De allí fue trasladado a Puente Grande, cerca de Guadalajara, donde las condiciones disciplinarias eran mucho más relajadas que en aquella prisión. Era el primer paso para que pudiera marcharse. No tardó en tomar el control de esa penitenciaría, junto con El Güero Héctor Palma y El Texas Arturo Martínez.

Al tomar posesión de la Presidencia el 1o. de diciembre de 2000, Vicente Fox creó la Secretaría de Seguridad Pública, con atribuciones que correspondían a Gobernación. Nombró titular de la nueva dependencia a Alejandro Gertz Manero, quien tuvo que echar mano, para cubrir las funciones de alto nivel, de personal formado en el régimen anterior. Entre ellos se contaban Jorge Tello Peón, que fue nombrado subsecretario a cargo del sistema carcelario y Enrique Pérez Rodríguez, que fue director del ramo, precisamente en el lugar que había ocupado Miguel Ángel Yunes, con quien Pérez Rodríguez ha colaborado siempre, hasta su reciente infortunio político en Veracruz.

Tello Peón fue enviado por Gertz Manero a conocer directamente la situación de Puente Grande, donde imperaban el desorden y la corrupción según denuncias de personal escuchadas por la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de Jalisco Guadalupe Morfín. Aunque las evidencias citadas profusamente por Anabel Hernández no acreditaran fehacientemente la responsabilidad directa e intencionada de Tello Peón en la fuga de El Chapo, lo cierto es que ese baldón no ha impedido que el funcionario siga en la cúpula de los desempeños oficiales en materia de seguridad. Renunció a la subsecretaría en abril siguiente a la huida de Guzmán Loera, sin que se le fincaran responsabilidades, no obstante que el 19 de enero visitó brevemente el penal de Puente Grande y dispuso el traslado de El Chapo, El Güero y El Texas a un espacio desde donde el primero pudo salir fácilmente.

Dedicado a funciones privadas (como director de seguridad de Cemex) en el siguiente lustro, Tello Peón reapareció en la escena pública como integrante del equipo de transición de Calderón. No fue designado, sin embargo secretario de Seguridad Pública, debido a una enfermedad, sino que el cargo recayó en su antiguo colaborador Genaro García Luna. El 19 de octubre de 2008 el Presidente lo nombró su asesor en materia de seguridad, a título gratuito. El 25 de marzo de 2009 pasó a ser secretario ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, hasta el 24 de diciembre de 2009 en que se le nombró secretario técnico del gabinete de seguridad y del Consejo de Seguridad Nacional.

El 19 de agosto pasado fue sustituido por Alejandro Poiré, y designado, de nuevo, asesor presidencial, con un añadido: se le incluyó como “miembro” en el gabinete de seguridad nacional. Calderón alabó entonces “el profesionalismo y el compromiso que siempre (lo) han caracterizado”.

Cajón de Sastre

En un documento de 60 páginas, la Comisión de Derechos Humanos del DF recomienda al jefe de Gobierno de la Ciudad de México “ordene la suspensión de la denominada Supervía poniente hasta que se lleve a cabo una consulta pública a fin de garantizar una participación amplia y plural en la que se recojan y consideren las preocupaciones, opiniones y propuestas de las personas afectadas por la obra, principalmente las y los peticionarios de la presente recomendación, y se valoren distintas alternativas de movilidad sustentable en el poniente de la ciudad de México”. A reserva de estudiar la recomendación, según dijo, el destinatario, rechazará esa porción del documento, es decir no suspenderá la obra, que ha sido su posición permanente, expresada también ante la posibilidad del diálogo con el Frente amplio que se opone a la misma.

miguelangel@granadoschapa.com

Miguel Ángel Granados Chapa.-

martes, 18 de enero de 2011

Murió John Ross; combatió toda guerra hasta la obsesión

Foto
John Ross, en imagen de julio de 2006, durante una manifestación contra el genocidio de Israel en Líbano, frente a la embajada de Estados Unidos en MéxicoFoto Cortesía de Marcia Perskie
Merry MacMasters y Carlos Paul

Sus cenizas serán esparcidas en México y varias ciudades de EU, como él dispuso

El novelista estadunidense fue uno de los últimos beatniks y una apasionado del jazz

Quiso tanto a este país que llegó a ser parte del paisaje del Centro Histórico


El periodista rebelde, poeta, novelista y escudo humano estadunidense John Ross (Nueva York, 1938), decano de los corresponsales en México, falleció ayer a las 8:58 horas en Santiago Tzipijo, Michoacán, después de luchar dos años contra el cáncer de hígado.

Sus restos son velados a orillas del lago Pátzcuaro, será cremado en Uruapan y sus cenizas esparcidas en México y varias ciudades de su país natal, todo de acuerdo con sus deseos.

Ross, cuyo último libro se titula El monstruo: Dread and redemption in Mexico City, llegó a Casa Santiago, a orillas del lago, el pasado 31 de diciembre en un taxi, expresa Kevin Quigley, propietario de la casa de huéspedes con su esposa Arminda Flores, compadres del neoyorquino.

Dos días antes, amistades del periodista habían retirado sus archivos del cuarto que ocupaba en el hotel Isabel, de la ciudad de México, donde vivió desde la semana posterior a los temblores de 1985, para su resguardo temporal en la Cemanahuac Educational Community, en Cuernavaca.

Cercanía con las luchas sociales

John Ross fue un hombre de izquierda y una de sus grandes obsesiones fue luchar contra la guerra de cualquier tipo. Su gran labor en el país como periodista independiente y corresponsal fue participar y cubrir lo que social y políticamente ocurría aquí, para darlo a conocer en Estados Unidos. Nunca dejó de contar a los gringos lo que pasaba en México.

Siempre cercano a las luchas políticas, desde movimientos vecinales hasta de comunidades indígenas, Ross escribía poesía y novelas; fue un activista comprometido, un provocador y es considerado uno de los últimos beatniks, apasionado del jazz y tan enamorado de México que llegó a ser parte del paisaje del Centro Histórico.

Los articulistas Luis Hernández Navarro y Hermann Bellinghausen lo recordaron en sus colaboraciones (La Jornada, 11 de enero y 17 de enero, respectivamente).

El jazz fue muy importante en la escritura de su poesía, la cual era muy escénica y rítmica, comparte Bellinghausen, quien era muy cercano a Ross.

Su gran obsesión fue la guerra, todas las guerras. Tal fue su activismo que acabó perdiendo un ojo a causa de un acto de represión a palos por la policía de San Francisco, California, en una manifestación contra la guerra. Los últimos años tenía un ojo de vidrio.

Siempre combatió todas las confrontaciones bélicas de su país de origen. Era uno de esos gringos avergonzados del belicismo del imperio, por lo que se convirtió en una importante figura incómoda en su país y de alguna manera lo era también en México.

Ross era un periodista independiente y le tocó vivir en México muchos cambios sociales, políticos y arquitectónicos. En un principio se involucró muy rápido con el movimiento campesino de Michoacán. Fue un entusiasta de Cuauhtémoc Cárdenas en su camino al Gobierno del DF. Siempre simpatizó con Andrés López Obrador.

Sin dejar de escribir sobre la política estadunidense, un periodo relevante de su vida fue su llegada a Chiapas, en 1984. Se convirtió en referencia de publicaciones como la revista Time. Escribió tres libros sobre los zapatistas. “Él contó prácticamente el día a día del movimiento zapatista desde su aparición hasta 2006. Sin embargo, a partir de la Otra Campaña se volvió muy crítico del movimiento, por su simpatía con López Obrador”.

Ross viajó por varios países. Cuando Estados Unidos invadió Irak, se trasladó a Bagdad y se convirtió en escudo humano contra el bombardeo ordenado por George Bush, “aunque por su temperamento impulsivo y provocador el régimen de Hussein lo consideró persona non grata, lo echó del país y no pudo estar en el momento de la invasión”.

El periodista fue muy cercano a la causa del pueblo palestino.

Su labor de activista fue reconocida en 2008 por la alcaldía de San Francisco, instituyendo un día en su honor. Sin embargo, al acudir a esa ciudad –en un largo discurso– manifestó las razones por las cuales no aceptaba esa distinción, pues le parecía inadmisible que un gobierno represivo lo reconociera.

Esa ocasión aprovechó la oportunidad para denunciar y provocar una vez más.

John Ross es padre del reconocido productor musical Dante Ross. Si algún lugar se podría considerar su casa, ese fue el Centro Histórico de la ciudad de México, en particular el hotel Isabel.

Fue un constante lector de La Jornada y sus libros sobre el zapatismo tienen como una de sus fuentes fundamentales la información de este diario.

Poseía gran prosa periodística, concluye Bellinghausen. Siempre fue un hombre de izquierda, en resistencia contra la guerra, Aunque pacifista, fue un hombre que siempre estuvo con la Revolución.

Hace medio siglo Ross llegó por primera vez a México, “en papel de beatnik, siguiendo la ruta de Burroughs, Kerouac y Ginsberg”, escribió Luis Hernández Navarro (La Jornada, 11/01/11), coordinador de Opinión de esta casa editorial. Vivió en Santa Cruz Teraco, muy cerca del lago de Pátzcuaro, donde cultivó un jardín, construyó una casa y se dispuso a escribir la gran novela estadunidense.

En su segunda etapa mexicana John jugó un papel relevante como puente informativo entre los movimientos sociales, las protestas ciudadanas y la información sobre los fraudes electorales en México y sus lectores en Estados Unidos.

Hernández acotó que John siempre se caracterizó por estar en el lugar de los hechos, por informar lo que veía, mezclando géneros; era un militante del nuevo periodismo. Consideró El monstruo..., una historia de la ciudad de México, un gran fresco pintado al estilo de un mural con distintas escenas. Probablemente Rebelión desde abajo (1995) sea su libro más conocido y reconocido.

Periódico La Jornada
Martes 18 de enero de 2011, p. 4

lunes, 10 de enero de 2011

María Elena Walsh, como la cigarra (+)....


Varias generaciones hemos crecido con el arrullo de las canciones de esta talentosa mujer, pero como niños no sabíamos que también había una persona de coraje gigante que debía enfrentar las penurias de mentes adoquinadas que preferían mentes chatas y sumisas y no una voz libre que iba a donde le dicataba la conciencia.
A modo de recuerdo y reconocimiento publicamos un famoso artículo que salió en el diario Clarín en 1979. Disfrutemos de la lucidez que en tiempos de oscuridad no dejaba de ver más allá. Los censores no pudieron callar su voz.

Desventuras en el país-jardín-de-infantes

Si alguien quisiera recitar el clásico “Como amado en el amante / uno en otro residía…” por los medios de difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.
Imposible alegar que esos versos los escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca). Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero, porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están en capilla.Atenuante: como el celador suele ser flexible con el material importado, quizás dejara pasar “por esa única vez” los sublimes versos porque son de un poeta español.

Agravante: en ese ca so los vetaría sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.

El celador, a quien en adelante llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad y adhesión popular.

El censor no exhibe documentos ni obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en que necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho) Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.

Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.

Lo que sí sabemos es que existe desde que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.

La mayoría de los autores somos moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir, saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo menos las del siglo XX y no las de Khomeini.

El productor-consumidor de cultura necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (no son pornográficas pero quién va a probarlo: ¿no son obscenas las láminas de anatomía?) que significativamente el correo no distribuye.

Un autor tiene derecho a comunicarse por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o “desaconsejables”. Si tiene la suerte de no figurar entre los réprobos hablará ante un micrófono tan rodeado de testigos temerosos que se sentirá como una nena lumpen a la mesa de Martínez de Hoz: todos la vigilan para que no se vuelque encima la sémola ni pronuncie palabrotas. Y el oyente no sabe por qué su autor preferido tartamudea, vacila y vierte al fin conceptos de sémola chirle y sosa.

Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: “¿Nosotros qué éramos…?”

El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías, un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.

La autora firmante cree haber defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. Ve también a mucha gente que se ama —o se mata y esclaviza, pero eso no importa al censor— fuera de vínculos legales o divinos.

Pero suele estarle vedado referirse a lo que ve sin idealizarlo. Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o “invitado”— hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.

El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo.

Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico no nombrar para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: “La inflación ha muerto” (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.

Sí, la firmante se preocupó por la infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente el incesto.

Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabernos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.

Es verdad que no toda censura procede “de arriba” sino que, insisto, es un antiguo deporte de amanuenses intermedios. Pero el catonismo oficial favorece —como la humedad a los hongos— la proliferación de meritorios y culposos. Unos recortan y otros se achican. Y entre todos embalsamamos las mustias alas de cóndor de la República.

Nuestra historia —con sus cabezas en picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo intercambio de agravios y rencores.

No es ejemplo actual sino intemporal, digamos, el del taxista calvo que “fusilaría a los muchachos de pelo largo”. El del culto librero que una vez, al pedirle un libro feminista, me reprochó: “Vamos, no va a ponerse a leer esas cosas…” (“Nena, eso no se toca.”) O el del director de una sala que exigió a un distinguido coreógrafo que no incluyera “danza demasiado moderna ni con bailarinas muy desvestidas”. (“Nene, eso no se hace.”)

Quienes desempeñan la peliaguda misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo frenético. Y si de aplacar la violencia se trata, ¿por qué no se retacean las series de TV o se sanciona a los conductores que nos convierten en virtuales víctimas y asesinos?

Creo necesario aunque obvio advertir que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario. Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos nuestro ideal?

Aun la pornografía —que personalmente detesto, en especial la clandestina y la española— y las expresiones llamadas de vanguardia, pasado un primer asalto de curiosidad, son naturalmente relegadas a un gueto: barrios, salas, círculos. Y allí va a buscarlas el adulto cuando tiene ganas, así como va a sintonizar debates sobre temas vigentes durante el horario de protección al menor.

Se supone que, en cuanto el censor desaparezca, los primeros en aprovechar del recreo serán los descomedidos de siempre, que reflotarán una grosera contra-cultura. Pero a la larga resultarían relegados siempre que una debida promoción (que hoy tampoco existe) de los honestos los lleve a ocupar las posiciones más evidentes.

El abuso puede ser controlable mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que asustamos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no es lo mismo que puros.

En cambio los tortuosos mecanismos que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la familia social y no sólo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que generan fracaso, reyertas e hipocresía… vicios poco recomendables para una familia.

En lugar de presentar certificados de buena conducta o temblar por si figuramos en alguna “lista” creo que deberíamos confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizamos creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes.

Veinticinco millones, sí, porque los niños por fortuna no se salvan del pecado. Aunque se han prohibido libros infantiles, los pequeños monstruos siguen consumiendo historias con madrastras-harpías, brujas que comen niños, hombres que asesinan a siete esposas, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo tierra sin permiso de mamá. Entonces ellos, como nosotros, corren el riesgo de perder ese “sentido de familia” que se nos quiere inculcar escolarmente… y con interminables avisos de vinos.

Ésta no es una bravuconada, es el anhelo, la súplica de una ciudadana productora-consumidora de cultura. Es un ruego a quienes tienen el honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás influyan en alguna decisión así como contribuyen al bienestar público con sus admirables tareas benéficas): déjennos crecer. Es la primera condición para preservar la paz, para no fundar otra vez un futuro de adolescentes dementes o estériles.

Como aquella pobre modista negra llamada Rosa Parks, encarcelada por haberse negado a cederle el asiento a un pasajero blanco en un autobús según la obligaba la ley, la autora declararía a quien la acusara de sediciosa: “No soy una revolucionaria, es que estaba muy cansada”.

Pero Rosa Parks, en un país y una época (reciente) donde regían tales leyes en materia de “derechos humanos”, era adulta y, ayudada por sus hermanos de raza, pudo apelar a otro ámbito de la justicia para derrotar a la larga la opresión y contribuir a desenmascarar al Ku Klux Klan.

Nosotros, pobres niños, a qué justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio, para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de celo de sacristanes más papistas que el Papa.

Sólo podemos expresar nuestra impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que nadie nos haga caso.

La autora “está muy cansada”, no por los recortes que haya sufrido porque volverán a crecerle como el pelo y porque de ellos la compensa el infinito privilegio de integrar la honorable familia de sus compatriotas, sino por compartir el peso de la frustración generalizada. Porque es célula de todo un organismo social y no aislada partícula. Porque más que la imagen del país en el exterior le importa y duele el cuerpo de ese país por dentro.

Y porque no es una revolucionaria pero está muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar sentada en el cordón de la vereda, con un único consuelo: el de los zonzos. Está rodeada de compañeritos de impecable delantal y conducta sobresaliente (salvo una que otra travesura). De coeficiente aceptable, pero persuadidos a conducirse como retardados y, pese a su corta edad, munidos de anticonceptivos mentales.

Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra.


EL CAMINO VIEJO



UNA MAÑANA VERDE, DE FRESCO RESPIRO…

El camino viejo sigue igual, con sus chacas de guardianes!

Con su orejón frondoso! Con su brisa, sus becerros!

Sus potreros, las guácimas, …El silencio.

La tranquilidad del camino viejo! Abajo sube el camino,

el polvo de siempre.

Vemos unas plantas, unos cedros, creciendo!

Una malva, manzanitas rojas, seguimos caminando el camino viejo!

Al fondo una tarea de leña cortada de manera precisa!

Una chaca con una llaga, producto de un machete!

Seguimos caminando el camino viejo.

Vainas de pica pica, tranquilas; sin despertar!

Unas lianas, bejucos, un chenchere; madrugador carpintero.

Seguimos el camino viejo, vamos a paso no apresurado!

Pero no tan lento.

Al fondo, la sierra *** hincha su pecho,

Seguimos caminando el camino viejo,

Una mariposa me acompaña, me guía.

Volteo hacia atrás, nadie, el camino viejo solo,..

Caminando, caminando!

Veo unas torres al fondo, una pinta en un árbol, el zacate estrella…

Cruzamos la carretera, … unos malangos, un orejón frondoso.

El camino viejo sigue igual, ha cambiado poco y eso me alegra,

pintas con unos nombres, aparecen en unos troncos,

de algunas parejas! Me digo. Supongo…

El sol apenas quiere aparecer, se asoma tras el cerro! Sonríe,

los otates al fondo, el arroyo seco, hace un ruido. Hace un ruido el silencio.

El arroyo sigue allí, un pájaro anuncia que voy caminando,

sigo caminando el camino viejo, unas espinas de cornezuelo,

un banco improvisado en el camino…

Al fondo unas milpas en la loma, con la casita donde comer el lonche,

donde oler a milpa, a cilantro…

Unas garzas vuelan en los potreros, cerca de las vacas…

Vivas vivas! Voy caminando el camino viejo, unos falsetes,

un paisano se detuvo con su carretilla; me desconoció.

Hay gente temerosa ya! De gavilanes que vienen de fuera,

de buitres que amenazan, guardias de los políticos y caciques ya rondan por acá.

Extraño ver una flor de san José en el camino, no es parte de aquí,

pero todo se puede esperar del camino viejo!

las amigas chacas vigilando, acompañando.

Oigo sus ruidos, sus respiros, sus cantos, sus lamentos…

ya no hablo, ellos hablan… los pájaros. El campo travieso.

Los corrales, las vacas, voy llegando a tu puerta…

por el lado izquierdo.

Un chote tirado, unos maíces, unas yucas, montones de leña….

Llegamos al caserío! Caminamos… el camino viejo!

Doropeatón

Cartel de la campaña "¡Basta de sangre!" Calderón


Cartel de la campaña ¡Basta de sangre!, una iniciativa de Eduardo del Río (Rius) para iniciar, a partir de hoy, una masiva movilización ciudadana en demanda de un alto a la violencia que padece el país. Los promotores invitan a la población a reproducir la consigna y pegarla en parabrisas de automóviles, repartirla entre amigos y vecinos, exhibirla en puertas y ventanas y propagarla en redes sociales como Facebook y Twitter. Tenemos que hacerle saber a los de la estúpida guerra que estamos hasta la madre de ellos, que también los muertos tienen familia, señalaron en Twitter @monerohernandez y @Monosdepatricio Diseño: Alejandro Magallanes

Ante el paroxismo de violencia en el que han desembocado las acciones de la delincuencia organizada en el país y la guerra en su contra en la que se empecina el gobierno federal, resulta inocultable que las víctimas principales del conflicto en curso son la población misma, sus garantías y su seguridad, el tejido institucional y la integridad moral de la República. Las declaraciones reiteradas y los despliegues –aparatosos, pero sin resultados– de fuerzas públicas frente a escenas de barbarie y crueldad como las que se desplegaron el sábado en Acapulco son del todo inaceptables, como lo son, también, la pasividad y la inacción sociales ante esta catástrofe.

Además de los 30 mil muertos en lo que va de la presente administración, algunos saldos visibles de la estrategia oficial en materia de seguridad, legalidad y justicia son, precisamente, la destrucción de la seguridad, de la legalidad y de la justicia en extensas regiones del país, el desvanecimiento de las garantías individuales, el aumento de la impunidad y la multiplicación del poder delictivo en todos los órdenes: de fuego, de cooptación e infiltración, financiero e incluso político.

Las cifras que arrojan la procuración y la impartición de justicia son tan alarmantes como el saldo rojo: en este cuatrienio la gran mayoría de los presuntos delincuentes detenidos han resultado absueltos y liberados, ya sea por deficiencias en la integración de las acusaciones, por corrupción judicial o por una combinación de ambos factores. El resultado es, por una parte, una situación de completo desamparo de la población y, por la otra, la casi total impunidad de los criminales.

Adicionalmente, los datos –incluso los oficiales– permiten entrever que las diversas modalidades de la delincuencia conforman por sí mismas un sector económico, acaso el más pujante en el contexto de una recuperación incierta, en el mejor de los casos, o basada, en buena parte, en las ganancias del narcotráfico, como lo señalan diversos especialistas. El lavado de decenas de miles de millones de dólares cada año tendría que ser suficiente elemento de juicio para concluir que la vía de la persecución policial y militar no puede, por sí misma, derrotar a los cárteles del narcotráfico.

A pesar de los alegatos sostenidos por el discurso gubernamental en el sentido de que la mayor parte de los muertos de esta guerra han sido integrantes de las organizaciones criminales, el derecho a la vida es una garantía individual que corresponde a todas las personas, independientemente de su situación jurídica. Y, en rigor, los cerca de 30 mil individuos que han tenido una muerte violenta en el contexto del actual conflicto eran inocentes, toda vez que no fueron declarados culpables por un órgano jurisdiccional facultado para ello.

La actual administración ya no está en condiciones, en los dos años que le restan, de conseguir algo semejante a logros reales en materia de imposición del estado de derecho, como no sean acciones puramente mediáticas. Puede, en cambio, si se empecina en su fallida estrategia antidelictiva, empeorar la situación de peligro, terror y zozobra en la que viven grandes núcleos de población, comprometer la soberanía nacional más de lo que ya lo ha hecho y propiciar el avance de la desintegración institucional que ya se vive.

La defensa de la legalidad carece de sentido si no se empieza por garantizar el respeto a la más básica de las garantías consagradas en la Constitución: el derecho a la vida. Lo procedente, en consecuencia, no es priorizar el desmantelamiento de los grupos delictivos, sino la pacificación del país.

El gobierno calderonista debe asumir, de cara a la sociedad, los costos políticos de su decisión inicial: el emprender una guerra –la expresión es de sus promotores– contra la delincuencia sin contar con la preparación institucional y operativa necesaria, sin comprender a cabalidad la extensión del problema, sin considerar sus aspectos sociales, económicos y financieros, y sin tener la legitimidad política que se habría requerido para convocar al país a la unidad y la movilización contra las organizaciones criminales.

Por definición, a la criminalidad organizada no se le puede pedir que actúe con responsabilidad, apego a derecho o sentido de Estado. Por su propia supervivencia, la sociedad tiene ante sí el deber de dirigirse a las autoridades para que éstas rectifiquen y empiecen a adoptar acciones concretas para poner un alto al baño de sangre en curso.